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Tentaciones

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A veces estoy tentado de dar a conocer esta bitácora, de contarle a mi novia, a mis conocidos, que he vuelto a internet con un cuaderno donde anoto mis pensamientos. ¿Lo hago?, ¿no lo hago?, pienso de vez en cuando. Por un lado, la mayoría de ellos conocían mi anterior blog y lo seguían: sabían cuáles eran mis ideas, mis pensamientos, mi ideario político... por otro, creo que eso te llega a encasillar, que te encorseta de alguna manera para que cuando cambias tu perspectiva o tu punto de vista o, en otras palabras, desertas de una idea tuya anterior, te tachen de veleta. De veleta. ¿De verdad? ¿Es que no podemos equivocarnos? ¿Es que estamos eternamente condenados a cargar con unas ideas que tuvimos en otro tiempo, quizá cuando éramos asquerosamente jóvenes? A veces para que sí. Ya he comentado en alguna ocasión que esta nueva izquierda de salón me repugna y jamás los votaría (preferiría antes no votar), pero antes simpatizaba con ellos. Sí, con Iglesias, cuando la fundación de Pode

Con plaza, pero no a lo loco

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Ha vuelto a ocurrir: he vuelto dejar pasar meses y meses sin pasar por aquí y sin actualizar esta bitácora que se prometía diario de a bordo con permanentes novedades. Si unas entradas atrás hablaba de que había entrado como profesor interino, motivo entonces por el que no había tenido tiempo de pasar por aquí, el motivo ahora está bien relacionado: he pasado de estar un curso como interino a ser funcionario de carrera. Sí, he aprobado la oposición de profesor de Lengua española y Literatura. Mi trabajo me ha costado. Ahora la gente se muestra sorprendida: ¿cómo es posible que un jovencito  de 29 años tenga ya la vida resuelta?, con un sueldo decente, condiciones laborables decentes y teniendo la certeza de que no va a haber mes que no entre dinero en la cuenta corriente. Muchos se sorprenden de que sin haber cumplido la treintena ya sea funcionario público. Repito: mi trabajo me ha costado. Voy a desgranar brevemente el trabajo constante seguido durante los últimos años para llegar h

Una ilusión mantenida

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El primer día del nuestro de nuestra vida Parece mentira que vaya camino de los trece años que estoy con mi novia. Desde 2008, ella con 14 y yo con 16, unos mocosos, qué otra cosa podríamos ser. Parece mentira, sí, y podría pensarse que estamos ya hartos el uno del otro, pero siempre hay algo con lo que renovar la ilusión. Ahora estamos viendo pisos: queremos comprarnos algo juntos y el único debate, realmente, es si nos vamos a la obra nueva o a un barrio ya construido de los que nos gusta, porque, lo único seguro es que queremos vivir ya juntos. Nada precipitado después de más de una década conociéndonos. Debo reconocer que he pasado por momentos malos en esta relación, sobre todo cuando ella no veía nada claro su futuro aquí y su única ambición era abandonar nuestra ciudad y, en general, España, para irse a otro país, uno de esos países que se idealizan en la cabeza, pero que cuando los conoces nada tienen que ver con la realidad. Fue una época que yo pasé realmente mal, con dudas a

La época dorada de los ofendiditos

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  Una de las cosas que más me gusta hacer es escuchar la radio. Es uno de mis vicios: soy muy, muy radiofónico, y no me conformo con una emisora: todas las mañanas hago un zapping  bastante grande; para que me entendáis, puedo escuchar en la misma mañana a Carlos Herrera y Ángels Barceló. Hoy, cuando he salido del trabajo, venía escuchando, como casi siempre en el tramo de 15:00 a 16:00 el programa que presenta Julia Varela en Radio Nacional de España, Tarde lo que tarde . La verdad es que es un programa muy ameno y entretenido, al menos la primera hora, que es la que yo puedo escuchar, y pienso que bien ha hecho sustituyendo a apuestas anteriores que se emitían en este tramo, como los programas de nombres varios del Ciudadano García y Los clásicos , que se emitió en la temporada 2012-2013, cuando el PP arrambló con todas las cosas buenas que se habían hecho en la radio pública hasta la fecha. Pero a lo que voy, que me enrollo como las persianas: hoy en la sección de los oyentes («Enho

Cambios

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  Ha pasado mucho tiempo desde que no he escrito nada en esta página. Mi vida ha cambiado bastante desde entonces; hemos cambiado hasta de año. La cosa es que mi última entrada en esta pequeña bitácora olvidada data de los tiempos en que estábamos en eso que se denominó «proceso de desescalada». Empecé a escribir aquí en pleno confinamiento, muchas veces por desahogarme, otras por aburrimiento, pequeños ensayos de mi día a día. Para poneros en contexto, mi vida no cambió demasiado por el hecho de estar encerrado en casa: seguí estudiando las oposiciones a las que tengo que presentarme, de nuevo, cuando las convoquen, pero sí me afectó el hecho de no poder salir de casa. El aburrimiento, más que nada, porque llega un punto, señores, en que te da pereza ya poner Netflix y más pereza aún zambullirse en el catálogo y en las supuestas recomendaciones que te gustarán que un algoritmo ha preparado para ti. Como iba diciendo, todo cambió en septiembre. La bolsa de profesores interinos de Anda

Una realidad paralela

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Sigue sorprendiéndome la capacidad de vivir una realidad paralela de esos que se hacen llamar a sí mismos representantes  . Da igual del partido y de la ideología que sean, es algo que ocurre a todos. Mirad que me propuse ni tan siquiera rozar temas políticos cuando inauguré esta bitácora, pero es que hay cosas que claman al cielo y que necesito expresar en algún sitio. A falta de redes sociales donde vomitar... El caso es que el nacimiento de Podemos, cuando yo era joven y mozo, era como una utopía. «Esto no podía ser tan bueno, gente que de verdad se preocupa por la gente», decía yo por aquel entonces; «da igual de qué pie cojees, esta gente dice cosas coherentes». Pero, como siempre pasa, cambian cuando llegan al poder. Aunque, para hacer honor a la verdad, esta gente llevaba cambiando desde que simplemente lo olfatearon, aun sin tocarlo. Creo que voy a explicarlo mejor con el siguiente ejemplo: Estoy tomando algo con mi pareja en una terraza de Valladolid. Hemos pedido una caña y

Cigarrillos después del sexo

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Ha pasado más de un mes y ya estamos en esa cosa que llaman «nueva normalidad». He podido volver a salir a la calle sin sentirme un fugitivo escapando de la prisión de Prison Break . Qué sensación para alguien que no ha roto un plano en su vida eso de ir de escondidas a tu casa para estar un rato juntos sabiendo que lo que estaba haciendo estaba mal, que me estaba saltando la ley, que era ilegal. Pero por poder estar un rato contigo aun sin poder estar solos merecía la pena. Luego el cielo se abrió, las restricciones empezaron a relajarse, la paranoia empezó a disiparse. Yo solo me moría de ganas de tener un rato de intimidad, de hacerte el amor lentamente, como a mí me gusta hacértelo, muy despacio, desnudándote lentamente, desnudándome yo. Porque reflexiono y el sexo no es importante, no, pero eso decimos quienes lo tenemos y no nos falta de manera habitual; que cuando me han faltado esos findes de estar en la cama juntos tumbados, mirándonos a los ojos y besándonos me he dado cuenta

Dos meses

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Sé que parece mentira, pero hoy hace ya dos meses que Pedro Sánchez salió a la palestra para explicar las medidas en que se sumergería España durante un tiempo desconocido. Dos meses de aislamiento y de incertidumbre que nos llevó a todos a recluirnos entre cuatro paredes, sin poder salir la calle nada más que para lo imprescindible, a saber, comprar, tirar la basura y algunas otras excepciones contadas con los dedos de una mano. Han pasado dos meses y parece que llevemos toda una vida encerrados en casa. Nuestra sociedad ha cambiado, para bien o para mal, en estos sesenta días de encierro obligado, pero no hay mal que por bien no venga. Digo esto porque el tiempo que he pasado encerrado, escribiendo, leyendo, aprendiendo, ha hecho que valore cosas de mi alrededor a las que antes no le daba importancia. Pongamos que hablo de un simple paseo, del poder bajar a la calle y estar una hora, dos, al aire libre, caminando, paseando; antes era algo que daba por supuesto, que podía hacer cuando

Los días raros

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Me despierto por la mañana y aún es temprano. Somnoliento, con el ojo con esa neblina fruto de las legañas de un buen sueño profundo, miro mi reloj Casio con luz verde en la muñeca izquierda; su batería es inagotable -cuántas veces lo he pensado- y me da la tranquilidad de que, me despierte a la hora que me despierte de la madrugada, puedo mirarlo para saber con seguridad qué hora es, qué horas son ya. Apenas son las ocho menos cuarto de la madrugada. «¿Ya me voy a levantar?», pienso; no por nada en especial, sino porque es domingo. «Hoy no se trabaja, es el día del señor», dice uno de mis personajes favoritos de la televisión, una frase que suelo repetir en estos días del señor  aun siendo un hereje religioso, que me dice mi abuela de vez en cuando al no acordarse de la palabra ateo. Pero es lo que tiene levantarse todos los días a una misma hora para trabajar en lo que se puede desde casa, que al final esa hora es tu rutina mañanera y que te podrías desactivar sin miedo la alarm

La lluvia desde la ventana

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Una de las cosas de las que más me gusta disfrutar en los días en los que estoy encerrado en casa es ver la lluvia caer. Contextualicemos para las generaciones venideras, para que cuando en algún momento encuentren esta bitácora sepan rápidamente que a fecha 16 de abril de 2020 no estábamos todos en la calle disfrutando de una bucólica primavera o, más generalmente, de los felices años veinte del siglo XXI; estábamos todos recluidos en nuestras casas por una pandemia global que tuvo a bien llamarse coronavirus. Como decía, llevar más de un mes encerrado en casa ha hecho que cambie algunos de mis hábitos, sobre todo los que conciernen a la lectura y al estudio, que ahora no tengo más remedio que hacer en casa, cuando por lo general opto por realizar cualesquiera de estas dos actividades en una biblioteca pública cercana. No creáis que no se consigue, pero al principio cuesta adaptarse, cuesta aislarse del mundo para sumergirte en los libros y en tu estudio diario, pero con el tiempo h