Los días raros


Me despierto por la mañana y aún es temprano. Somnoliento, con el ojo con esa neblina fruto de las legañas de un buen sueño profundo, miro mi reloj Casio con luz verde en la muñeca izquierda; su batería es inagotable -cuántas veces lo he pensado- y me da la tranquilidad de que, me despierte a la hora que me despierte de la madrugada, puedo mirarlo para saber con seguridad qué hora es, qué horas son ya.

Apenas son las ocho menos cuarto de la madrugada. «¿Ya me voy a levantar?», pienso; no por nada en especial, sino porque es domingo. «Hoy no se trabaja, es el día del señor», dice uno de mis personajes favoritos de la televisión, una frase que suelo repetir en estos días del señor aun siendo un hereje religioso, que me dice mi abuela de vez en cuando al no acordarse de la palabra ateo. Pero es lo que tiene levantarse todos los días a una misma hora para trabajar en lo que se puede desde casa, que al final esa hora es tu rutina mañanera y que te podrías desactivar sin miedo la alarma del móvil porque, cuando se aproxima la hora oficial del ring ring ya estás en planta. No tengo mucha hambre porque los caracoles de la merienda-cena de anoche me dejaron lleno. No es que el caracol alimente en demasía nutritivamente hablando, no, pero las salsas que los acompañan desde hace unos cuantos años suplirían las calorías que aporta un buen plato de puchero con su avío de carne de cerdo y de tocino con veta. «Es demasiado temprano para hacerme las tostadas», pienso, aunque sin ganas de recrearme mucho en la cama como antaño. Me propongo a mí mismo un trato: «vamos a esperar hasta las ocho y media», que es cuando empieza ese delicioso matinal del fin de semana en la radio pública llamado No es un día cualquiera.

Me como las tostadas con Carles Mesa dándome los buenos días. Me gusta escuchar este programa porque es diferente a los demás. Se aleja de la política, de las entrevistas de la noticia del día, y te permite deleitarte con una radio más pausada, más cultural, una radio para los sentidos. Pongo la leche a calentar en el cazo y enciendo el fogón de gas; las cocinas de vitrocerámica y el microondas nunca podrán dar a la leche caliente ese sabor característico que conocemos los que aún cambiamos de vez en cuando una bombona. El café está a punto y el pan se está dorando sobre las láminas del tostador. El aceite con ajo es uno de mis placeres matutinos en el confinamiento. De normal acompaño la tostada de aceite de oliva solo para que el característico olor del ajo no me acompañe media jornada espantando a la gente porque, por mucho que te laves los dientes y que con el cepillo te refriegues la lengua, siempre mantienes cierto tufo que espantaría a los vampiros más selectos. Un bocado al pan, recreándome, y un sorbo al café ya mimetizado con la leche entera. Hay desayunos deliciosos en los bares y luego están los que tú mismo te preparas en casa, porque si quieres las cosas bien hechas has de hacértelas tú mismo, que dice el refrán. Saco el agua del frigorífico, que vaya calentándose un poco, anticipándome a la sed que me dará cuando termine; es algo que siempre me pasa: el pan, aun sin jamón o anchoas como a veces me lo como por las mañanas, me da mucha sed.

Recojo la pequeña mesa de la cocina y friego los platos. Apenas el código morse indica en la radio que son las nueve de la mañana y el boletín informativo avisa de que el presidente del gobierno en, una comparecencia anoche que por supuesto no vi por estar viendo una película -afortunadamente las plataformas no cortan sus emisiones-, pedirá una nueva ampliación del estado de alarma. «¿Acaso alguien lo dudaba?», me sorprendo diciendo en voz alta, como si esperara la respuesta de un interlocutor presente o, mejor aún, de quien está leyendo las noticias al otro lado de las ondas. Cojo mi radio portátil, que es una pequeña maravilla que me permite moverla por la casa y con cuya carga una vez cada cinco noches puede acompañarme a la ducha, mi próxima parada.

Tengo la manía desde hace bastantes años, desde esa etapa en que eres adolescente y empiezas a fijar alguna de tus reglas y manías bajo la atenta supervisión de tus padres, de ducharme por las mañanas. Es una de mis caprichos porque en mi casa siempre ha sido costumbre el ducharse por la tarde antes de la cena. Pero a mí una ducha mañanera me despierta más que la cafeína del café. La radio sigue hablando y ahora entra en antena Carlos del Amor, un periodista de TVE cuyas piezas de cierre para el Telediario de la noche se están difundiendo como la pólvora en tiempos de confinamiento, en tiempos de estar permanentemente conectado a un chat en el móvil. Su toque de costumbrismo necesario y el mensaje de fondo de que todo volverá y de que éramos felices pero no lo sabíamos son la tónica habitual, acompañando siempre con una música muy bien escogida para que el sentimiento de melancolía aflore en nosotros. Lo consigue; no los he visto todos porque no tengo por costumbre encender la tele para ver acabar el telediario, pero he visto algunas de sus piezas por internet y cumplen su cometido bien.

Hago la cama; afortunadamente sigue siendo fácil porque a pesar de estar en abril por las noches sigue refrescando y lo único que me cubre en la madrugada sigue siendo un nórdico. Ya vestido, bajo a por el pan del día, quizá no para comerlo hoy a mediodía, pero sí para que mañana haya para otro desayuno de los buenos. Estoy en la calle apenas cinco minutos, pero el ambiente, como el resto de días, es el mismo que cuando sales a la calle el 1 de enero a las nueve de la mañana. Llego a casa y me dispongo a disfrutar de un rato de lectura. Siempre me ha gustado leer novelas acostado el domingo en la cama toda la mañana, pero con las sábanas ya estiradas es hora de otro tipo de lectura. Levanto la tapa de mi portátil y este se activa inmediatamente, dándome sus peculiares buenos días con una mariposa posada sobre lavanda; miro en la parte superior de la pantalla dónde se ha hecho la foto y me agrada saber que ha sido en España, en concreto en Brihuega, municipio de Guadalajara, cuya existencia yo desconocía. Don Quijote no debió pasar por ahí.

Me apetece algo de aire fresco y la mañana no es fría; apenas estoy vestido con unos pantalones deportivos, una camiseta de manga corta y una sudadera fina de color rojo pasión, que no chillón. «Con este buen tiempo, lo que apetece es estar en la calle», suspiro, y desconecto el portátil de la toma de alimentación para salir a la terraza. No han dado las diez de mañana todavía, pero el sol que asoma ya calienta la esquina de mi terraza en que da. Observo lo que hay de naturaleza en la ciudad. Las golondrinas dan vueltas una y otra vez saliendo y entrando en sus nidos de barro que desde hace bastantes años están los bloques de alrededor y que nadie puede quitar so pena de una multa. Los gorriones, los más descarados por naturaleza de las aves de ciudad, van y vienen a mis macetas; algunos se me quedan mirando como pensando que hay algo nuevo en ese rincón al que ellos acuden a picar algo todos los días, que algo hay sentado de un color que sin duda les llama la atención. El vecindario empieza a levantarse; el atronador ruido de la gente subiendo las persianas con gran ímpetu como esperando ver algo diferente desde la ventana es a veces exagerado. «¡Qué energía por las mañana!, estos no necesitan café», me digo, mientras observo. Abro El País Semanal para echar un vistazo rápido a los columnistas de esta semana, pero me llama más la atención el reportaje sobre Benidorm de Juan José Millas: veinte minutos me tienen absorto en su mente enferma con su visita a ese lugar donde octogenarios y nonagenarios visitan su ocaso.

Me fijo en que empiezo a sentir calor. Los rayos del sol ya calientan suficientemente mis pies. Nuestra estrella continúa su ardiente camino y llega un momento en que desearía llevar pantalones cortos. Me levanto de la silla y bajo uno de los toldos laterales, el de mi izquierda, y vuelvo a sentir la temperatura idónea. De frente, el balcón sigue descubierto y mientras continúo revisando artículos dominicales, oigo un rumor cercano aunque ininteligible: en el bloque de enfrente dos vecinas hablan en sus respectivos balcones; de pronto, otros dos vecinos aparecen justo en las terrazas que tienen sobre sus cabezas; se suman a la conversación mirando hacia abajo, como si pudieran hablar con ellas cara a cara; en realidad, solo están viendo la calle y oyendo sus voces, pero pienso que se están imaginado como desde abajo mueven la boca y fruncen el ceño y mueven todas las fracciones de la cara para dar respuesta a ellos, sus interlocutores. Pasados diez minutos, los de arriba, los que llegaron últimos, ahora son los primeros en la tierra del Señor y vuelven a esconderse en esos refugios que desde hace más de un mes son las cuatro paredes de sus casas. Bajo la tapa del portátil y mi equipo entra en suspensión, aguardándome con pena, como cuando pongo el marcapáginas a un libro. Me apoyo en la barandilla caliente mirando hacia las dos mujeres que continúan hablando, cada una en su balcón. Intento fijar la atención completamente en esa conversación coloquial y espontánea de la que tanto habla la sociolingüística. Parece que una de ellas se ha percatado de mi presencia y corta la conversación. «Voy a seguir con el sofrito del arroz, total, como si tuviera otra cosa que hacer hoy».

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